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Por: Lic. Suárez López y Lic. Cao Julián
Más Info: SofiaTerra

Para esta nueva edición, la psicoanalista Paula Suárez López y el Lic. Julián Cao, analizan la obra de Jacques Luis David, creador de la obra La Consagración de Napoleón, ubicándola en el contexto y mostrando así su razón de ser y su relevancia en la época.


En 1798, Napoleón era un joven de 28 años. Recientemente había regresado victorioso de unas campañas militares en Italia que lo habían convertido en un ídolo de las masas populares. Por este motivo el Directorio –un gobierno de cinco miembros, que regía el país desde hacía cuatro años- decidió desembarazarse de tan ambicioso personaje y lo destinó a la conquista de Egipto.
Napoleón llevó 40.000 soldados y 167 científicos a la expedición, que si bien fue un fracaso desde el punto de vista militar, le aseguró a los franceses gran cantidad de reliquias para sus museos. Un año más tarde regresaba a Francia, siendo recibido con gran entusiasmo por parte del pueblo, que lo veía como el únic o capaz de luchar contra la amenaza contrarevolucionaria que representaban el Imperio Austro-húngaro y Gran Bretaña. Un mes después de su llegada, protagoniza un golpe de Estado y el Directorio es sustituido por un Consulado de tres miembros, que obviamente lo tenía como líder.
La nueva constitución le otorgó el título de Primer Cónsul, ratificado por un plebiscito popular. Napoleón derrotó, en Marengo, al Imperio Austro-húngaro. Dos años después, obtiene el título de Cónsul vitalicio con poder para nombrar a su sucesor. En 1804 se corona emperador. En ese momento encarga al pintor Jacques-Louis David la pintura “La consagración” de la que hablaremos un poco, a continuación. David fue un hijo pródigo de la revolución, participó de la Convención Nacional que enjuició al rey Luis XVI, votando a favor de su ejecución en la guillotina. Fue gran amigo de Robespierre; hasta el punto en que, cuando este último cayó en desgracia, fue encarcelado. Organizó la procesión que llevó al Panteón los restos de Voltaire. Con la llegada al poder de Napoleón, se transformó en su artista predilecto. Es recordado por pintar varias muertes famosas, como “La muerte de Sócrates”, “La muerte de Séneca” y “La muerte de Marat”; pero también destacó como publicista del imperio.
“La consagración de Napoleón” es una pintura monumental, destinada a ser un emblema de poder. Ya sólo sus dimensiones son impresionantes, casi 10 metros de largo por más de 6 metros de ancho. La monumentalidad de las obras arquitectónicas, escultóricas o pictóricas, son comunes a todo imperio que se precie de tal. La pintura busca retratar de manera simbólica, un hecho simbólico de por sí, la coronación de Napoleón y de Josefina como regentes de un nuevo imperio, en la Catedral de Notre Dame, en París. La revolución había decretado tempranamente la muerte del Dios cristiano y especialmente del poder de la Iglesia católica, reemplazando a ambos por el culto iluminista a la Diosa Razón. Napoleón se amigó con el Papado. Toda la situación es ambigua: un general que se decreta emperador por aclamación popular, siendo representante de una revolución democrática y republicana. El emperador fue consagrado por la gracia de Dios mediante la bendición del Papa, pero no fue Pío VII quien le colocó la corona como se acostumbraba con los reyes franceses desde la época de Carlomagno, sin  que su coronación fue por mano propia, para simbolizar que el derecho ya no era de origen divino sino popular. En los primeros bocetos de David, la corona que sujeta Napoleón en el cuadro, es la que se destina a sí mismo; sólo posteriormente se decidió por una versión menos radical, donde el emperador corona a su esposa. Después de haberse puesto su propia corona, Napoleón paradójicamente prestó el juramento constitucional. El cuadro de David es magistral. La figura del Papa únicamente se visualiza por detrás del emperador, en un muy próximo segundo plano. En la coronación real, Napoleón hizo esperar al Pontífice durante dos horas en un edificio sin calefaccionar, que cuenta la leyenda, estaba helado. Maria Letizia Ramolino, madre de Napoleón, destaca en el centro de la escena, en las tribunas, aunque famosamente no se hizo presente en la coronación; según algunos, como protesta por la disputa de Napoleón con su hermano Luciano, y según otros, por haberse casado Napoleón con una mujer que mantenía hijos de otro matrimonio. También aparecen hacia la izquierda sus hermanos, Luis, quien fue rey de Holanda, y José, quien fue rey de España. En el costado derecho puede apreciarse la figura de Talleyrand, quizás el oportunista político más grande de todos los tiempos. El emperador se encuentra rodeado de toda su nueva nobleza. El propio pintor, David, se retrató en una de las tribunas.
Toda la decoración y los objetos destacados en el cuadro refieren a figuras del imperio carolingio y romano, al mismo tiempo que la escena busca diferenciarse de la tradición de los reyes depuestos que había terminado con la guillotina. Carlomagno fue coronado por el Papa León III en la Catedral de San Pedro en el año 800. Napoleón, un extraño emperador republicano, fue coronado por su propia mano, con el Papa mirándolo desde una tribuna, en lo que podríamos decir “su propia casa”, en Francia. La corona que referencia al imperio carolingio está situada en el centro mismo de la composición y todas las miradas de la obra se dirigen a ella. Josefina porta una vestimenta púrpura con abejas doradas, que era un símbolo merovingio y que el nuevo emperador hizo suyo. Napoleón luce la corona de laurel característica de los antiguos emperadores romanos.
El cuadro de David es una representación puntual de un momento histórico fundamental: el momento de paso entre una etapa histórica y otra; es un punto medio entre dos épocas y por eso su lógica es ambigua. Una revolución hecha contra la monarquía en nombre de la democracia y la república, culmina con un emperador, que a su vez intenta asociarse a la vieja historia de reyes e imperios de origen divino, mientras jura por una constitución y por la voluntad popular.
Después de finalizada la obra, Napoleón acudió a ver al pintor. Se quedó mirando fijamente el lienzo durante una hora y dijo: “David, te rindo homenaje”. Aunque el homenaje era todo suyo…
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