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Por: Lúdico Ognimod

Una vez más, la tarde se posesionó de la atmosfera que flota en el andén, el vértigo que prosigue a la espera se hizo presente, de los huesos a la piel, presionando sobre las neuronas más susceptibles de recibir los estímulos dolorosos. 
Detrás de la cortina de vapores contaminados que emana desde el suelo, veo al tren verter su carga de hombres cansados. Yo esperaba otra cosa pero en una ciudad con trenes, las cosas mueren, igual que los recuerdos. En un recodo del camino a casa, había una gran roca, gigantesca. Su inmensidad nos daba sombra en las fatigantes tardes veraniegas, un sórdido amanecer. Escuchamos un estruendo descomunal, las casas se estremecieron como cuando ocurre un terremoto, la onda expansiva rompió, no sólo vasos, platos y ventanas, sino también los tejidos y pulmones de mamíferos y aves que cohabitaban en el lugar. La gran roca había sido destruida para dar paso al tren, varios días duraron los camiones para transportar los restos de su cadáver. 
La otra tarde en el andén, Jean Paolo Terso, rememoraba su etapa de constructor de trenes en Italia, hablaba sin parar de las cargas implícitas que actuaban en el desplazamiento de los trenes. Hacía mención de la suma recurrente de unos factores atemporarios, que a su vez, eran imposibles de sumar por su propia naturaleza atemporal, -según él- Newton debió desestimarlas por precarias e inconsistentes, y, Einstein, las rechazó de plano por considerarlas tautologías metafísicas. Su acción, acarrea demoras apreciables en la consumación de los eventos, aunque imposibles de notar en los instrumentos convencionales usados para medir el tiempo. También se refirió a un viejo instrumentista muy sabio (después convertido en vagabundo) de apellido Scarafaggio, que invirtió muchas horas de su vida, tratando de transpolar estos sucesos atemporales dentro de los mecanismos de los trenes, a una escala visible en los registros de tiempo usuales. Enfatizaba sus argumentos, explicando que “el tiempo pasado, puede acertadamente, considerarse tiempo muerto, ya que este, del mismo modo que las cosas, en las ciudades con trenes, puede morir, ero siempre deja evidencias de algo que ocurrió, durante su trayectoria, una construcción, un deceso, una erupción volcánica o un suspiro, o una impertinente flatulencia, desde un hecho magno a uno vulgar e insignificante puede quedar registrado durante ese segmento vectorial”. Pero fuera de los límites del tiempo, también ocurren fenómenos con incidencia directa en la manifestación del efecto propiciado, es decir, sucesos que ocurren en ausencia del tiempo o sin gastar una fracción de segundo del mismo. Por ejemplo: un deja vu. No quise auto persuadirme de la veracidad del relato anterior, sin antes preguntar al inefable Jean Paolo Terso, si este hecho acaeció antes o después de que él se declarara persona imaginaria. Sonriente, me miró a los ojos, me fulminó con su incisivo tono incontrovertible, y respondió: – Antes. 
Me desenfoca de la conversación un patético personaje que desciende del tren. Refleja un agotamiento ancestral en su mirada, la primera impresión de su rostro es un desaliento que trasciende el plano espiritual, la piel ajada en desesperanzas recíprocas. El sujeto, simula un proceder ciudadano adosado en unas obligaciones superfluas, como si atendiera más al miedo que al orgullo, sus pasos son los de un sobreviviente a un arco radiactivo. Ocupa el espacio con una indisputable sumisión. De pronto, sucumbe mi impresión por las cosas que mueren y los eventos que ocurren a espaldas del tiempo. Me estoy viendo en un espejo.
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