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Por Lúdico Ognimod

El astuto cazador, después de pactar profundos espacios de tregua con el silencio a su favor, parece flotar sobre la hojarasca, envuelve su figura en invisibilidad, fracciona su respiración en levedad, mientras enfoca sus sentidos en percibir cualquier trazo de vida animal. Desprevenidas criaturas ceden su suerte (o su causa y efecto) a aquella especie de maquinaria despiadada y atroz, el filo del acero o la explosión de la pólvora, en algún instante entregarán su encomienda de muerte. Un procedimiento felón donde efectivas técnicas en al arte de aniquilar niegan la posibilidad de huida de las inocentes presas. Cazar es una noción que abarca, de forma quizás patológica, grandes porciones de su periferia nerviosa, creando una parvedad adictiva, lo cual, lo conduce de un modo casi irracional, a impulsos pasionales de emprender variadas expediciones en solitario o en fajinas, internándose en los bosques en post de arrebatar la vida con sobrado ventajismo e interponiendo su peso en la compleja cadena trófica.
Matar y asesinar toman acepciones diferentes cuando se topan con letrados que aspiran la asepsia de sus conciencias, el hombre siempre encontrará razones para matar, por ende, los humanos en todos los tiempos, hemos demostrado nuestra instada vocación de asesinos. 
Las formas de apreciar el hambre o la libertad pueden servir de pretexto para soltar esas endemoniadas prácticas instintivas que algún arquitecto errático dibujó en nuestra proteína celular. 
Sol y viento climatizan la escenografía perfecta para una asonada, con sigilo, el cazador acecha, deslizándose imperceptiblemente sobre un suelo fresco y suave, su desarrollado sistema de percepción capta fugas de aves en todas las direcciones. Con un suave soplido esparce las hojas secas del suelo, hasta formar un irregular círculo donde apoya su oído, a lo lejos, ligeras vibraciones en la superficie de la tierra transmiten el ruido que producen las quebradizas chamizas al ceder ante pisadas – debe ser una animal muy grande, piensa, mientras agudiza su mirada, apunta el arma en la misma dirección. Vuelve a auscultar del suelo, la frecuencia de tic – tacs- le advierten numerosos ejemplares, decenas acaso, divisa el árbol más cercano, se arrastra lenta y silenciosamente hasta su tronco, apoya su espalda en él, rifle listo, cañón que mira al cielo mientras la vista explora la maleza. Pudiera ser: Una manada de báquiros, casi siempre son peligrosos, estos suelen ser agresivos y parecen tener el miedo retrasado con respecto a la acción, se espantan con alguna demora, además, sus grandes colmillos suelen ocasionar heridas severas en sus contrincantes, la situación demanda algo de prudencia. 
En los bosques siempre habrá riesgos fortuitos, estos se multiplican cuando el hombre, con sus arsenales invade sus espacios, con sus vicios y defectos hacen estadios para esgrimir causas y conductas, desplazamientos de cuerpos cuyas mentes frustradas no encuentran más motivo para su impulso que la fuerza, los proyectiles o el filo de las aceradas hojas fundidas por tenebrosos ingenios inducidos por el miedo o el odio hacia su propia raza.
El cazador yace recostado al árbol, deliberando con sus experiencias, buscando indicios dentro de sus registros que le den forma a la masa que se dirige hacia él, ésta no se parece a ninguna que antes haya enfrentado, es, quizás demasiado cautelosa, muy voluminosa, no es el tropel de unos animales en tránsito que desestiman un encuentro con la muerte. Los Araguatos no son de andar tan delicado ni tan pesado, las dantas no marchan con tal previsión. La frustración se desata y las interrogantes se intensifican con los latidos de su corazón al galope. Antes de que la luz de la hora quinta que marca la tarde, develó la esquelética dama que porta en su diestra una guadaña multiplicando el espectro mortal por diez, por quince, por veinte sujetos con armas y en apariencia nada amistosa, dispuestos a ejecutar acciones crueles con tal de mantener su clandestinidad. Los elementos que deberían simplificar la realidad esta vez la agravan, seres de la misma especie no tienen porqué entenderse cuando el crimen se hace módulo motriz. Una catarata de gélido sudor emana de la piel palidecida en el miedo abismal que nace cuando se es incapaz de ofrecer algo a cambio de piedad. Cumplidos los rituales que impone la arbitrariedad de los sanguinarios, suena un disparo en el monte, hay causas que no toleran la veracidad de un sólo testimonio; hoy la presa fue el astuto cazador.
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