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Por. René González-Medina – Corresponsal Colombia
Para quienes no perdieron la idea de hallar un día una obra literaria cuyos fondo y forma correspondieran, ciento por ciento a la particular visión cosmogónica de un pueblo americanista, de una cultura aborigen nuestra, Mariela Zuluaga García -escritora parida en la ciudad que por sus costados sur y oriente se abre como puerta natural de entrada a la vastedad de los llanos colombianos- tras arduo tiempo de investigación y de trabajo de campo en la próvida región del Guaviare, la entregó en 2013 (hace apenas cuatro años) con la felicidad que deja el culminar un proyecto que – a total satisfacción- se le comió, íntegros, los esfuerzos y sacrificios que había ahorrado para el mismo sin escatimarle, en su ejecución y desarrollo, ni una gota de la pasión que alienta por el oficio de escribir.

“Gente que camina”, la novela

Arranca bien la historia contada por Mariela. Su primer capítulo, “El Génesis”, tiene el comienzo que todo narrador, al ambicionar, pretende.

Atrapa, seduce y engancha al lector en los dos o tres primeros renglones por la limpieza de su estilo, por la originalidad de un relato que -a lomo del tono poético que le imprime la autora- habrá de llevarlo, de una cabalgada, hasta su última página. “Mi última esperanza era ese muchacho. Cuentan que se había ido con una joven rubia que se enamoró de su figura elástica. Nada se sabía de él desde entonces. Lo veo, ahora, cuando llega y capto su desconcierto” (pág. 13).

La tragedia de esta historia que recrea Mariela sirviéndose para hacerlo de Jeenbúda, un joven Nakuk que por ir tras la “mujer rubia de mirada risueña y caderas redondas como curvas de río” abandona un día su gente, es rica en su relación mágico-religiosa con la naturaleza, como todas las obras que de este género (o subgénero) se han escrito conforme en su tratado Literatura Indígena Colombiana lo aclara Óscar Castro García. En Gente que camina se lee una estrecha comunión con la poesía, lo ritual, el mito, la ceremonia, pues también ella y acorde con lo formulado por el filósofo antioqueño, suscita esos planteamientos que de forma inevitable conducen a pensar en “lo nacional”, en “lo auténtico”, en “lo propio”.
En su afán de reencontrarse con su pueblo Jeenbúda va dejando rastros de su paso. Va deshilvanando el tejido del universo particular de esa comunidad ancestral que un día y de forma lamentable para ella, “desnudos, asustados y hermosos”, tropieza con el progreso de una civilización que -movida por el estupor del morbo incrédulo- termina por arrebatarle su destino. “Era casi mediodía y Jeenbúda sintió hambre. Hacía ya una luna que había abandonado la Trocha Ganadera y avanzaba selva adentro hacia el suroriente, esforzando su vista y habilidad de cazador para encontrar rastros, pisadas, marcas en los árboles, ramas quebradas, cestas u ollas abandonadas a propósito, y detectando en el aire algún efluvio que la vegetación hubiera podido absorber al paso de sus parientes Wayári Múnu”. (pág.51).

No se puede hablar de literatura indígena colombiana prehispánica”, asevera Castro García, “y acaso pueda encontrarse en este expoliado grupo algún vestigio de literatura entre el mestizaje, la persecución, la falta al respeto, la usurpación y demás lastres colonialistas y neocolonialistas”. El desprendimiento de Jeenbúda de su familia nómada viene a ser esa metáfora que la autora, de manera simbólica, hace y se hace -a modo de explicación- sobre lo acaecido a ese pueblo al cual “las acciones bien intencionadas del gobierno y de algunos particulares (le) han generado una paradoja que diluye su fascinación” por ellos (recordé Apocalypto, la película de Mel Gibson que retrata “un drama mítico de acción y aventura”, una historia de “amor, odio y violencia” en los tiempos prehispánicos de la gran nación Maya de México y Centro América. El afán desesperado de Jeenbúda por encontrarse de nuevo con su familia fue la asociación que me condujo a la carrera loca de Garra de Jaguar, guerrero escogido y anunciado por los dioses para liberar, en el épico filme, a su pueblo).
Observó el suelo y las sombras le dijeron que la tarde estaba bastante avanzada, por eso, sin vacilar, reinició el viaje hacia el raudal de Las Chulas, donde queda Chëeaka mui, a orillas del río Inrírida, muy cerca de Tomachipán, por donde caminaba con su familia hace ya bastante tiempo” (pág. 55).

“El indio”, dice Papa Mamour Diop en su Recorrido de la Literatura Indigenista del Siglo XX en Latinoamérica: análisis de una muestra de novelas, “aparece a lo largo de la historia como un ser enigmático, fuente de muchos estudios, de complacencia al gusto de extranjeros por el exotismo”, definición a la cual el trabajo de Mariela -de manera predeterminada o intuitiva- no solo se acoge sino que reafirma en su apéndice “Cambio de Rutas” cuando deja consignado, para la historia que sobre los Nukak mañana habrá de contarse, que “desde el momento en que el mundo supo de su existencia no han parado de ser fotografiados, estampados en artículos comerciales, registrados por el cine y la televisión”, haciendo notar que sin permiso de ellos “hasta se ha utilizado su nombre para identificar tiendas de ropa, bares y agencias de publicidad” y, como si este abuso no fuera suficiente agravio, “han sido estudiados e investigados desde todas las instancias, gubernamentales o no”, añade la poeta novelista.

Un rayo de sol alumbró el canasto con frutos y Jeenbúda imaginó que entregaba a su madre la preciosa carga y que ella vertía las pepas en una olla de aluminio llena de agua y las ponía al fuego para calentarlas un poco. Después las maceraba con un pag’ játda y las pasaba por el balay o wérép para hacer leche espesa que le ofrecía con amor, servida en una vasija de barro negro” (pág. 78).
¿Alguien, alguna vez, ha hablado de la Literatura Indígena como parte del desarrollo de la literatura en Colombia?”. Esta pregunta, que con conocimiento de causa se han hecho los estudiosos y/o interesados en el tema, es la misma que -en algún momento- nos la hemos planteado todos y a la que Óscar Castro García intenta dar respuesta al concluir que “El texto- oral no se ‘escribe’ a la medida de la mirada de un lector” puesto que “El poema, el canto, el relato mítico, el baile, el drama, no se piensan como textos literarios de uno u otro género”. Sobre la literatura indígena que hasta la fecha se ha producido en Colombia es justo apuntar que encontramos estudios serios de Hugo Niño, Jorge Zalamea, Teresa Arango, Jorge Montoya, Ernesto Cardenal.

Para Mamour Diop “la idealización del indio se hallaba en Ercilla, en el inca Garcilaso de la Vega, en el ecuatoriano Juan León Mera (“Cumandá” 1832), en la cubana Gertrudis Gómez de Abellanada (“Guatimozín”, 1846), en el venezolano José Ramón Yepes (“Anaida”, 1860) y en el dominicano Manuel de Jesús Galván (“Henriquillo”, 1878), preludio de la primera gran obra del indigenismo del Siglo XX Aves sin nido (1889) de la peruana Clorinda Matto de Turner, indiscutido punto de partida de una literatura indigenista que florecería en toda la América Latina” y que encontraría en el boliviano Alcides Argüedas (Raza de Bronces, 1919), el colombiano José Eustasio Rivera (La Vorágine, 1924), el argentino Ricardo Güiraldes (Don Segundo Sombra, 1926), el venezolano Rómulo Gallegos (Doña Bárbara, 1929), el ecuatoriano Jorge Icaza (Huasipungo, 1934), el peruano Ciro Alegría (El mundo es ancho y ajeno, 1941) y el guatemalteco Miguel Ángel Asturias (Hombre de maíz, 1949), sus más afortunados referentes. Estas obras, incluyendo las arraigadas novelas mexicanas, giran alrededor de un prototipo argumental cuyos principales ítems les son comunes a todas: explotación extrema que victimizó a los indios, seres marginados de los beneficios de la civilización más no de sus perjuicios. “Estaba desnuda, como lo han estado las mujeres nükaák desde el comienzo del mundo. Sentada al pie de una inmensa ceiba florecida, amasaba arcilla con las cenizas de la corteza del árbol kúu, para fabricar una olla negra. Por la cantidad de barro que tenía al lado parecía que pensaba hacer una muy grande, como las wámnu que hacía ná a dijat, la abuela, para preparar la chicha en las épocas de calor cuando hay cosecha de jüñúni, chontaduro” (pág. 122).
La recreación literaria que Mariela Zuluaga hace de la historia de los Nakuk no se aparta, ni por un instante, del drama con visos de desgracia caído sobre esta comunidad considerada como los últimos nómadas que del planeta se tuviera noticia. Ellos ya no pueden, como lo hacían, como lo hicieron siempre, caminar. “O, en el mejor de los casos”, como lo dicen ellos mismos (salvedad acotada por la novelista), “siguen caminando, pero poquito”. La poesía de la autora, suelta aquí en prosa, es un canto de dolor, hondo por lo irreparable de la tragedia. Pesimista porque las posibilidades que tiene Jeenbúda de volver al seno de los suyos son proporcionalmente idénticas a las que en la vida real tienen los Nukak de tornar a sus raíces pues, como bien lo sustenta la autora, “los grupos que ya salieron de la selva difícilmente regresarán a ella y si regresan lo harán en otras condiciones pues el contacto con la cultura ‘del blanco’ los ha transformado sustancialmente”.

Jeenbúda no corrió más detrás de Tawäma; prefirió regresar a la casa y sin entrar, solo con la mirada, buscó a awa’, pero él también se había ido y tampoco estaban los hombres que un momento antes conversaban con él. Se acercó a la vivienda y observó que ahora todo estaba desordenado: el suelo, sin nada de rastrojo, aparecía cubierto por tizones, pedazos de olla, pepas de chontaduro, y trozos de iímyi, chinchorro, como si un Nukak disgustado con su mujer le hubiera destruido todas sus pertenencias” (pág. 135).
La motivación que inspira a varios de los citados autores indigenistas (Mariela inserta ya en tan reducido grupo) se circunscribe a la imagen del aborigen, tan multifacética y compleja como su propio “universo amerindio”. Los escritores de este género miran con lupa aspectos relevantes de las comunidades estudiadas como lo vienen a ser “el problema cultural, moral, económico, psicológico y político”, obteniendo conclusiones que les revelan -con lujo de pormenores- al ser humano capaz, como todos, de “alimentar profundos odios, generosidades sin par, rencores, ternuras compasivas comprensibles rebeldías”, valores que estamos obligados a reconocer y entender si nuestra pretensión estriba en dar -al drama del indio- “el sitio que éste merece en la historia del hombre”.

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