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Por. René González-Medina
Corresponsal Colombia
El nombre “Orietta”, nombre femenino de ascendencia original italiana que significa “Valiosa como el Oro”, no se puede pronunciar de otra forma que no sea abriendo y alargando hacia abajo la boca para que esa “O” inicial, mayúscula y redonda, salga con la determinación y perseverancia que en virtud de la etimología de sus raíces le es propia, innata a la poeta. Lo que a largo plazo redunda en su provecho, en su beneficio.
Si uno mantiene reservas acerca de esa teoría que habla cada día y cada vez con mayor énfasis y vuelo sobre la influencia de los nombres en el carácter de las personas, al conocer o ver a Orietta Lozano, con sólo verla u oírla, tendrá que empezar –indefectiblemente- a darle crédito al rumor echado a rodar por los mismos astros desde el principio de todo cuanto al ser es, pues Orietta –tal y como la define la teoría- “es una mujer secreta, discreta y reservada” que por lo pragmática “se muestra trabajadora, seria, voluntariosa, activa y eficaz. Su ritmo de vida”, infieren las estrellas, “no siempre es rápido. Su moral”, le dan aquí un voto de confianza aunque con un pequeño matiz de reconvención, “es buena, al punto de que a menudo se encuentra invadida por escrúpulos que la impiden actuar. Necesita consagrarse y complacer. En ella coexisten la rigidez, los principios y el espíritu de compasión. La vida afectiva es capital para su evolución futura. Dudando perpetuamente de sí misma, no cree en la suerte, ni en su encanto, persuadida de que su éxito dependerá solo de sus esfuerzos y de su trabajo”. 
¿Quién que conozca a Orietta, que por casualidad haya tropezado o coincidido con ella alguna vez, que la haya oído o accedido a su intimidad por el desgarramiento vivo de sus versos, no reconoce en la anterior descripción que los astros hacen de su nombre el más vivo retrato al carboncillo de ella? ¿Cómo desconocer el misterio de su acierto cuando al referirse, por ejemplo y de modo específico a la delicada femineidad que lleva y arrastra, aseguran que por el sólo hecho de cargar con el nombre que adonde va la acompaña es una persona dada a la naturaleza, a los animales, a las plantas, a las flores?
Orietta Lozano es una poeta nuestra, nacida en la flamante capital de provincia Santiago de Cali, ciudad pionera en Colombia de los festivales culturales. Ella sabe que la poesía, ese mal endémico del espíritu que termina afectando las debilidades del cuerpo, no es un trabajo estéril aunque para algunos lo parezca. Que allí, en las múltiples catarsis que ha debido sufrir en el más completo de los ostracismos, su alma se ha puesto a tono con la necesidad que la apremia. Que al urgirla la conmina y obliga.
“La escritura de Orietta”, opina el escritor uruguayo Eduardo Ospina, “adelanta la existencia de un lugar y de un tiempo mítico que así solo se contempla y se define. La extensa obra de Orietta continúa y afirma la propuesta de Delmira Agustini, al lado de Juana de Ibarbouru, Alejandra Pizarnik, Idea Vilariño o incluso de Olga Orozco; el deseo está allí, como un organismo viviente, y habla sin concesiones. La propuesta de futuridad del cuerpo es recobrada”.
Romántica apasionada no pudo sustraerse al influjo benévolo de Eros, ni al maldito de Thanatos, nombres de los personajes que conforme a la mitología griega significan la vida y la muerte respectivamente y que fueron aprovechados por el padre del psicoanálisis Sigmund Freud para señalar los instintos básicos que dominan toda emocionalidad del hombre. 
Eros, dios del amor, yace en Orietta, en cada línea suya pirograbada como su alma la dicta: con el mayor y más primigenio de los fuegos. A él, a Eros, dios griego no unívoco porque aparte de ser el dios del amor y la pasión lo es también del cosmos, la hija de Cali se entrega sin reservas; con él olvida toda reticencia, toda desconfianza para abandonarse y caer- en resistencia y rechazo claros a los designios etimológicos de su nombre- en los encantos ineludibles de su embrujo. La carne, su pálpito estremecedor, lo siente la poeta de piel canela y pelo negro partido en la frente, venirse renglón a renglón, imagen tras imagen, estridente en la solitariedad estertórea de sus silencios. 
La obra poética de Orietta Lozano, registrarían con explicable asombro las notas periodísticas culturales en los años setentas, “irrumpió en el ámbito de la poesía del país con fuerza y originalidad expresivas, con la frescura renovadora de un lenguaje cargado de ese hermetismo y misterio que generan los temas eternos del hombre: el tiempo, la muerte, la eternidad”.
“Sombra de sombras”, se alargaría en el elogio Eduardo Ospina, “la mujer es la presencia augural; el agua escrita en el fuego; el fuego que multiplica las cenizas del agua: su poesía es posibilitante de todo; recobra su existencia en la voz imperdurable de la palabra de Orietta. La mujer del lenguaje, otra vez es posible “.
POEMA PARA INVENTAR UN DIOS
Vas y vienes como delicioso mensajero enviado por los dioses
y me oyes hablar y hablar con esa deliciosa curvatura de tus labios, dispuesto a corregir con armonioso acierto. Tú rozas
el delicado tobillo del amor con la agilidad de un gato.
Alargas tus ojos hacia los lechos purpúreos de sueños mientras enciendes
tu cotidiano cigarrillo como una luciérnaga que ilumina
para capturar la noche. Me parece que estás poseído, ya no hablas,
tu lengua se ha secado y tu risa luce como un pequeño regalo envuelto
en alas de delgadas mariposas. Ebrio más que Baco deslizas tus movimientos a través de mi cintura. Lentamente, abandonados, somos un par de astros que estallan en la dimensión de un lecho.
Sabe la poeta que en toda manifestación de vida personal (y hasta en la colectiva) Eros y Thanatos laten ahí, uno (Thanatos) con más fuerza que el otro porque sus bajos instintos empujan con el vigor e ímpetu de nadie. Eros, bonachón desde la cuna, carga con las acciones superiores (buenos sentimientos) y mientras él se empeña en construir y unir, Thanatos, su antagónico natural, destruye. Desune. Orietta atrae a Eros en su rol de mensajero del amor, lo consiente y solícita lo recibe. Para que se tienda cuan largo es sobre sus sábanas, para que en la penumbra de su espacio y a solas comulguen sus cuerpos, ericen sus almas. 
¿Qué si no es el amor puede, como él, valer la pena? Refiriéndose a este, bien lo dijo Nietzsche cuando afirmó que “no la vida eterna, sino la eterna vivacidad es lo que importa”. Orietta, cultora y amante de Eros como ninguna otra, se alinea junto con otras voces mayores de la poesía para rendir merecido tributo a quien es motivo y razón de infortunios, de las más locas alegrías. Bardos a quien al soltarles el travieso el pensamiento terminó por soltarles también la lengua para que sus corazones dejaran de sufrirlo callados y testimoniaran sobre él, acerca de él. Para que hablaran de sus derrotas implacables o de sus conquistas imposibles. 
“Dios nos ha dado dos alas para volar hasta él: la razón y el amor”, reconoció Platón mientras “La república” le devanaba los sesos. “Sé que voy a quererte sin preguntas, sé que vas a quererme sin respuestas”, fue quizás el augurio del inefable Mario Benedetti al posibilitar que el amor tocara, por última vez, la puerta del desilusionado Martín Santomé cuando le envió -a su oficina y a su vida- a la bella Laura Avellaneda con la timidez de sus 24 añitos para que gateara tras de ella. “Andábamos sin buscarnos, pero sabiendo que andábamos para encontrarnos”: profetizó Julio Cortázar, el Cronopio Mayor, idealizando a su Maga; “Estar contigo o no estar contigo es la medida de mi tiempo”, admitiría Jorge Luis Borges en todo un acto no de fe sino de sumisa aceptación; “El amor no tiene cura, pero es la cura para todos los males”, fue una de las mayores sentencias que nos heredó el gran Leonard Cohen; “Dicen que el hombre no es hombre mientras no oye su nombre de labios de una mujer”: Antonio Machado, con una aseveración de esta magnitud, puso al machismo en su sitio; “Que cuando el amor no es locura no es amor”, expresaría con justa razón el inmenso Calderón de La Barca; “Es tan corto el amor y tan largo el olvido”: precoz disquisición del continental Pablo Neruda en sus “Veinte poemas de amor y una canción desesperada”; “Solo porque alguien no te ame como tú quieres no significa que no te ama con todo su ser”, frase a perpetuar de nuestro inmortal Gabo; “El misterio del amor es más profundo que el de la muerte” pensó Óscar Wilde a lo mejor mientras le caía encima todo el escarnio de la Inglaterra prejuiciosa y victoriana; “Ojalá podamos tener el coraje de estar solos y la valentía de arriesgarnos a estar juntos” : grito de batalla del insobornable Eduardo Galeano; “Si tú me dices ¡Ven!, lo dejo todo”, tendría que cantar Amado Nervo, resignado ante la certidumbre de su amor no correspondido.
Orietta Lozano suma su nombre y su obra a la lista interminable de los amantes que gotearon su sentimiento en versos. Como todos bajó la mirada para recitar, en baja o en alta voz, su redimida aceptación. “Soy la amante / que estrenas, / la nueva, la eterna, / la de muslos trigueños…” cantó ella, la ex bibliotecaria de “El Centenario”, la poeta que insiste en ir detrás de su mutismo hasta que éste un día, seducido, acalle su voz. Le apague los ojos.

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NM

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