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Como era febrero, se respiraba el aire festivo que traen consigo los carnavales. El vocerío pluriforme de la muchedumbre por momentos breves cesaba en su desorden para adoptar un coro antifonal – «van bien, muchachos, van bien»- al tiempo que las palmas pretendían sustentar el ritmo del profuso canto. Con el brío que se cubren los atletas al competir, el avance impasible de la energía juvenil se eleva por los aires y en un ritual sobriamente calculado en espacio y tiempo, sobreentendido por reglas limitadas por el sonido de un silbato, se acata una orden gesto espacial aprobada por aplausos o rechazada por rechiflas. Es la expresión en conjunto de los que sueñan con ser héroes, de los que añoran alguna forma de redención más expedita que las prometidas en los volantes cristianos, de los que deciden amparar sus formas de combate en los incesantes ciclos de respiración artificial como mecanismo de existencia. 
 
Balones vuelan en dirección al cielo, perseguidos con vehemencia por todas las miradas presentes, con destreza las manos desvían su trayectoria, corrigen la orientación y liberan las emociones acumuladas, al instante que impactos de difícil representación onomatopéyica dictaminan quien gana o pierde. Es una fiesta, es una demostración de fuerza e inteligencia, útil para la mente y el cuerpo, necesario para el ego. Es el vehículo que encuentran las masas para fulgurar en las penumbras de los sistemas de dominación. Indetenibles fallos y conteos van sesgando al victorioso del perdulario. Mientras, sobre el duro suelo de hormigón, el viejo entrenador arrastra su pierna malograda en guerras superfluas, el bullicio de los muchachos, hace en él, un áurea de honor en su orgullo, las tensiones del momento ofuscan la tenue diferencia entre ganador y perdedor. La marcha (en tropel) de retorno a casa, es un reflejo de los efectos de la oxitocina cuando abunda en la sangre, una extensión de la felicidad gratuita tomada como el agua de sus propias entrañas, sin perjuicio ni deshonor. El desfavorecido por la puntuación también segrega la misma hormona y acicala su derrota quizás en frustraciones, tal vez en esperanzas, pero siempre con el signo del triunfo. Las pelotas rotan del mismo modo que el mundo, situando a cada ser, en un espacio diferente con un mismo factor temporal incapaz de despertar las glorias que yacen perturbadas y adormecidas en ”alter ego”, desconocidos y disimiles, distantes y abyectos, que quiebran la vitalidad de sus ánimos en el fondo de una oscura barraca al asedio del humo de la marihuana.
 

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NM

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