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Por © RENÉ GONZÁLEZ-MEDINA
Corresponsal Internacional de Colombia
Desde que anunciaron Joker, desde que empezó la tarea del marketing buscando generar la expectativa que al momento de su estreno mundial (4 de octubre 2019) ya había conseguido, los seguidores del cómic Batman estábamos en ascuas por ver la actuación de Joaquín Phoenix en el papel del archienemigo por excelencia del encapuchado de Gotham City, rol que al actor nacido en Puerto Rico le había hecho merecerse (durante 8 minutos y en pie) la más atronadora salva de aplausos en el festival de cine de Cannes. Desde su proyección en esta muestra la crítica especializada, unánime, vaticinó a Phoenix alzarse con el premio que la Academia de Ciencias y Artes Cinematográficas de Estados Unidos entregará al mejor actor protagonista de 2019. El codiciado Óscar.
(Creo que nadie, tras la soberbia interpretación que del Joker hiciera el desaparecido Heath Ledger en el filme Batman El Caballero De La Noche [película considerada ya cine de culto gracias a Ledger], le apostó a una representación mejor [o siquiera igual] a la realizada por el malogrado actor australiano).

“Al que le van a dar, le guardan”

El primer acierto de Joker fue sacar el personaje de su rol secundario para darle protagonismo. Separarlo por primera vez de El Hombre Murciélago con la clara intención de hacerlo figura central del filme que recrearía su historia de vida, abrió – a sus productores- todo un abanico de posibilidades. Al desconocerse el origen de Joker este proyecto podría muy bien, valiéndose de la oportuna coyuntura, definírselo de una vez. Inventarle, ceñido a la historia del cómic y a la particular del villano bromista, un pasado creíble aprovechando el vacío que acerca de su origen presentaba la historieta (aunque Todd Phillips, su director, ha insistido en negar que la película siga o respete el lineamiento argumental del cómic).
La única referencia sobre el inicio de Joker aparece en la edición N° 1 de Batman (1940) donde tal y como lo reseña DC Cómics (la editorial de tiras cómicas estadounidense que forma parte de DC Entertainment, empresa de la poderosa productora Warner Bros) propietaria de los derechos autorales del personaje este, en ese primer número de Batman, “fue presentado tan sólo como un villano más”.
La importante casa editorial tampoco reconoce el trabajo The Killing Joke (“La broma asesina”) que realizaran Allan Moore y Brian Bolland con el propósito de sentar un origen para quien sin duda es el enemigo de mayor cuidado para Batman, como bien lo cuentan la propia DC Cómics. The Killing Joke le da, por primera vez en la línea secuencial de la historieta, protagonismo al timorato personajillo; narra las causas y motivaciones que lo llevaron a convertirse en el tristemente célebre “Rey del Crimen” en la ciudad donde Batman tiene su centro de operaciones.
Pero DC Cómics no acepta tampoco esta versión. Se rehúsa a darle el visto bueno no obstante estar guionizada (Moore) y dibujada (Bolland) por quienes la historia del cómic mundial tiene catalogados como “de los más grandes”. Proscribe a The Killing Joke de su aprestigiado sello y en consecuencia el Joker continúa siendo ese ser marginal, vago anónimo de los lugares más sórdidos de Gotham City donde, olvidado de todos y en lamentable estado, Todd Robbins y Joaquín Phoenix un día no cualquiera lo encuentran. Para suerte de ambos.
Hasta el 4 de octubre del 2019, el pasado de Jóker, entonces, era un absoluto misterio. Al no tenerse referencia alguna sobre “el hombre detrás de la sonrisa de payaso” su identidad, desconocida, era el mayor de sus enigmas; el velo oscuro que encajaba a la perfección con el secreto bien guardado de su historia personal. Caldo de cultivo para Phillips y para Phoenix quienes, ante la falta de un perfil del personaje, lo estudiaron en profundidad hasta conseguir abrirle una carpeta donde todo lo inherente a él, a su extraño y anormal comportamiento, tuviera cabida. 
Recrean, a cuatro manos, el personaje. Le imprimen los detalles que permitirán a su cauda de fanáticos saber quién es, de dónde procede, a qué se dedica si es que tiene una ocupación. Le proporcionan, director y protagonista de la película, una vida; unos sueños, unas frustraciones. Bautizan su Arthur Fleck como uno más de los millones de “perdedores” que al deambular calles y noches en ellas se ven y se reconocen; le inyectan Todd y Joaquín las miserias de un contexto social que de manera constante y a largo plazo se encargará de hacer, con él, el más sucio de los trabajos.
Que le dará el trato de “Don Nadie” por el apocamiento al que se ha acostumbrado y que para nada lo molesta porque su consciencia alterada sabe no es más que eso: un N.N. perdido en su encogido mundo.

Joker

Arthur Fleck es su nombre de pila, nombre insignificante y del montón que de pies a cabeza retrata al citadino dependiente de la influencia de su madre aun cuando ya es un hombre “hecho y derecho”. Lo enfermizo de esta relación va soltando las puntadas del conflicto que se cierne sobre el pobre diablo que ha hecho de la rutina su más predecible cotidianidad. Porque nada singular o bueno le ocurre, nada extraordinario pone un pie adentro de su vida a blanco y negro las 24 horas.
La película desgrana, sin tapujos ni doble moral, escenas cargadas de una tensa narración. Viéndola los fanáticos del cómic saben, desde el minuto cero de la proyección, que para Arthur su mundo –lo invariable del día a día que no se le despega- va a terminar poniéndosele patas arriba. Que para él, sin que pueda hacer nada por evitarlo, nada podrá terminar bien.
El Fleck que pintan Todd Phillips y Joaquín Phoenix, ayudados por la fotografía siempre en sombras y por las cortinas musicales pesadas y agoreras, es un buen hombre. Sano, inocente, como un niño Arthur se ve en todo momento desvalido, expuesto al abuso y a la humillación por parte de quienes tentados por su falta de carácter gozan maltratándolo.
Arthur, el personaje, es una bomba de tiempo cocinándole el mal de la locura lenta, inexorablemente. Phoenix así lo trasluce en la magistral interpretación que hace del hombrecillo, en la angustia creciente que se escapa de ahogarlo con los repetidos e incontrolables ataques de risa. El daño psicológico, ubicado por Todd Phillips y Scott Silver (guionistas del filme) en la infancia de Fleck, crece a la par con su desarrollo físico y mental. Retraído, permanece en el subconsciente del sicópata y los asistentes a la proyección de la película perciben que -en cualquier momento- saldrá de la seguridad de su refugio para, una vez desinhibido, mostrar lo filoso de sus dientes.
La faceta más reconocible del sociópata, la denominada “carismática” por psicólogos y psiquiatras, es aquí la responsable de que el espectador no solo se solidarice con la suerte negra de Arthur Fleck (el mundo se ensaña con él) sino que, de alguna extraña manera, justifique su diametral cambio de actitud.
De manera lenta pero eficaz la personalidad de Arthur, acosado por una sociedad que se muestra incapaz de fraternizar con él pues nunca se pone en sus zapatos, va mudando su comportamiento. Ante lo sistemático de las burlas, de lo confuso de un mundo que obviamente no ha sido hecho a su medida, la poca auto estima de Fleck se va yendo a la basura. El ser hermoso que era, ante los ataques aleves de la vida, al desfigurarse lo transfigura. Él, uno más de los seres anónimos, incomprendido y marginado de toda opción decente de vida; él, Arthur Fleck, víctima en desgracia de un sistema que al igual y como ocurre en la vida real no concede un segundo de tregua a los menos favorecidos, siente que el día y la noche y la gente toda en un momento dado le resultan ya insoportables. Intratables.
En el extravío de su mirada al mirar sin ver, en su caminar doblado no por el peso (es flaco en extremo) sino por el cansancio de sobrellevar una vida que al no conducirlo a lugar alguno lo lleva a rastras pero a ningún lugar, en la falta de conmiseración de quienes al ser parte de su entorno lo son igualmente de su reducido círculo de afectos, ahí, en todos esos signos, resulta fácil leer el fatídico designio que le aguarda. Ese que al explosionar da un giro de 180 grados a la miseria de su vida cuando lo presenta en sociedad como Joker, el ser excéntrico seguro de sí mismo, resuelto, decidido. Combativo.

Ser o no ser

La empatía de Jóker ha suscitado especulaciones, a favor y en contra por lo descarnado de la realidad que muestra. Porque al considerarse como una apología al delito (hay quienes lo ven así) puede servir de mal ejemplo para las generaciones jóvenes, las más susceptibles de ser influenciadas. Refrendan esta teoría recordando el caso de John Hinckley Jr. quien al ver a la actriz Jodie Foster en la película Taxi Driver se obsesiona tanto con ella que para ganar (y merecer) su atención decide, copiando la escena del filme donde Travis Bickle (Robert De Niro) intenta asesinar a un senador de los Estados Unidos en plena campaña política a la presidencia de su país, preparar un atentado contra Ronald Reagan, mandatario de los norteamericanos en pleno ejercicio de sus funciones presidenciales.
El arte en cualquiera de sus disciplinas, se ha dicho y se reitera, es el medio mediante el cual los artistas se expresan y dan a conocer lo más profundo de sus sentimientos. Pero, también, el arte es sinónimo de responsabilidad ya que “cada artista desempeña el rol de educador en la sociedad al tener en sus manos el poder de ayudar al desenvolvimiento y crecimiento personal de otros”, dice Agostina Méndez. Y agrega: “Es así como más allá de su talento innato convierte a sus cultores en seres profundamente éticos”.
Joker, el filme, por todos los elementos anecdóticos y de realización que confluyeron en él; por los indiscutibles aciertos que en cada área de la producción muestra, es una obra de arte mayúscula. Joaquín Phoenix alcanzó, con su recreación del payaso Rey del Crimen en el mundo gótico de Batman, su valoración más alta como actor. Tanta que coronó su Campana de Gauss y ya no tendrá para dónde más crecer.
© IMÁGENES: Warner Bros
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