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Por René González-Medina

LA HISTORIA DE ENSUEÑO

Crónica de un poema de amor que rinde culto al amor donde no hubo amor (I)

Sorprendido porque la cifra de visitas al vídeo de mi poema Ensueño a principios de la segunda semana de mayo alcanzó en YouTube la cifra de 3.196 visualizaciones, resuelvo hacerle un homenaje a este trabajo que los internautas decidieron convertir –sin tener yo incidencia alguna- en Poema-Bandera de mi libro Escampadero.

Cómo fue

Ese número de visualizaciones puede parecer (o ser) poco; de hecho y mirando otras actividades que obtienen audiencias millonarias estas 3.196 visualizaciones vienen a ser una cantidad “mínima”. Pírrica si se quiere (no faltará quien, calificándola de “vergonzosa”, en mofa diga que por tan “poco” no se puede hacer alharaca). Pero, hay que diferenciar: esto no es fútbol. Ni es farándula ni es política. Ni es escándalo ni es sexo: esto es poesía. Y como sarcásticamente lo afirmara Jodorowsky (”Tal vez si prohibieran la literatura como la cocaína la gente, por puro morbo, buscaría meterse un par de líneas”) este género literario, antaño considerado “Género Mayor”, no congrega multitudes. Se ha reducido. Al estrecharse su círculo de adeptos fieles sus programaciones, en consecuencia y por lo general, no extienden más allá de 60tarjetas de invitación a las lecturas.
“Cada época y cultura” –subraya Tanella Boni, filósofa marfileña de Abiyán, explicando la apatía actual por el género- “tienen sus clásicos y sus textos fundamentales. Y entre ellos, la poesía siempre ha ocupado un puesto de honor. Siempre, menos hoy, porque tendemos a olvidar su existencia en este mundo nuestro lleno de desencanto”.
Al vídeo de mi poema Ensueño, audiovisual que me lo ayudaron a poner en YouTube mi hija Marcela y Jeison Alexander, su esposo, jamás le ayudé para que escalara rápido en la contabilidad de sus visitas. Entiendo –porque me lo han dicho- que hay infinidad de herramientas utilizables en internet para hacer que “el producto” (así le llaman) aumente de manera vertiginosa el número de sus visitas. Pero, la mayoría las desconozco. Lo más que he hecho para darle su “empujoncito” de difusión es compartirlo a algunos de mis contactos en Facebook. Supongo que estos habrán hecho lo propio y quizá sea esa la razón por la cual, a la fecha, 3.196 personas en Colombia -y en otros países- han degustado la producción del vídeo que con profesionalismo y cariño realizara Harold Daza, director de Teaser Studio en Santiago de Cali apoyado en la grabación de Zapato Sound (Bogotá), responsable de montarle -a la música escogida- la privilegiada voz de mi amigo Julio César Luna.
La susodicha cifra por supuesto que me halaga, que me conforta y reconcilia con esta adicción literaria que al conocerme mejor que nadie sabe cuándo estoy a punto de hundirme para aparecer, para venir en mi auxilio y sin hacer una sola pregunta rescatarme.
Con ese número de simpatizantes –ironizó esta mañana un amigo que me llamó desde Popayán– cualquier político, en el 95% de las poblaciones colombianas, en una lista para el concejo municipal ganaría dos o tres curules”.
Sí, no me dejo desanimar: es auténtica hazaña que ENSUEÑO, poema que en 1998 me cogió a mansalva para nacer de la más extraña de las formas, apoyado en lo inmutable de su esencia alce y remonte vuelo más allá de todo horizonte.

Así fue

En el año de 1998, mediante convenio pactado con Feriva Impresores, trabajaba yo “medio tiempo” para esta empresa caleña fundada por el ciudadano cubano José Fernández Morgado. De 8a.m. a 12m., todas las mañanas, estaba yo en las instalaciones de la litografía ubicada sobre la calle 18, justo atrás del Hospital San Juan de Dios, cumpliendo con mi compromiso que consistía en realizar los artículos y entrevistas que para sus publicaciones periodísticas requerían diferentes clientes de los Fernández Riva.
Un día Ernesto Fernández, gerente de la empresa, me comenta que tiene hospedado en Villa Guanabacoa, su casa-finca escondida en las estribaciones de Los Farallones, cerros tutelares de Santiago de Cali, un importante pintor peruano que ha llegado a la ciudad porque piensa adelantar –con él, con su obra- varios proyectos.
-Tenés que conocerlo, René –me dijo con su golpeado acento valluno-. Ese sí es un maestro, ¿oís?
Ernesto era –no sé si aún lo sea porque me enteré que continúa “vivito y coleando”- un reconocido mecenas del arte. Hombre amante de la cultura, admirador devoto de la pintura y de las “buenas letras”, hacía canjes con los artistas que le buscaban en su oficina del segundo piso cargando millones de pesos (según creían) en las obras que por montones le mostraban pero sin uno solo en las alforjas. Negociaba con ellos: cuadros por catálogos impresos. Los pasillos y las oficinas de Feriva (hasta los baños relucían por el hiperrealismo colgado sobre las tazas manchadas de los sanitarios), en virtud a este “arreglo comercial” eran auténtico museo de arte.
-Vé, mirá lo que tengo aquí de Óscar Muñoz, de Tejadita, de Diego Pombo, de Gilberto Cerón
–Desde mi sitio de trabajo escuchaba a Ernesto conversar en su oficina con algún cliente o amigo porque él, aparte de hablar “golpeado”, nunca –jamás- supo lo que era hablar “bajito”.
Por su puesto de trabajo desfilarían los años dorados del arte y la cultura de Santiago de Cali. Poetas en busca de que les hiciera su libro (yo entre ellos, de cada pago me hacía descuentos), narradores proponiéndole dejarle en consignación –para que accediera a imprimirles- la mayor parte de los ejemplares de sus trabajos literarios a publicar como garantía de pago mientras de a poco los vendían y así mismo, de a poco, abonarle a sus cuentas. Pintores y escultores, teatreros, bailarines, periodistas, revisteros, promotores de rifas y espectáculos, todos. A todos alguna vez el hombre fuerte de Feriva les ayudó a cristalizar su sueño.
-¡Pero no me vas a quedar mal, no jodás! –Era el favor que a cada uno les pedía.
Ernesto me llevó a Villa Guanabacoa. Allá, en esa casa suya que al igual que las oficinas de la empresa fundada por su padre mantenía atestados los pisos de arriba y abajo -y el del sótano- de cuadros y de libros por todos sus espacios y rincones, nos esperaba el pintor. Chico, indio, con un bigotito mexicano desparramado hacia las comisuras, se levantó de donde estaba al sernos presentados por su anfitrión.
-Mucho gusto –sonrío al estrechar mi mano-: Benito Cerna León.
-Mucho nombre para ese cuerpecito –me dije para mis adentros mientras al corresponder a su saludo echaba un vistazo a la mesa donde desparramadas se veían cualquier cantidad de fotografías en papel y en diapositivas, algunos bocetos a lápiz y una que otra revista abierta-. Un caballete grande sostenía el lienzo que en forma horizontal dejaba ver, a punto de ser terminado, la pintura de un fogón de leña que ardía con tal hiperrealismo que pensé arrimarme para espantar el frío de los vientos que a esa hora y a más de mil metros sobre el nivel del mar, descendían de los cerros tutelares de Santiago de Cali zumbando y estremeciéndonos en Villa Guanabacoa.
Al rato, con taza de café en las manos, parados ante la chambrana del corredor y tragándonos la exuberancia verde de Los Farallones, el gerente de la imprenta familiar me ponía al tanto del proyecto que conforme a sus palabras necesitaba de mis servicios como escritor y periodista. Benito –me informó- preparaba ya una exposición, la que en cuestión de pocos días se colgaría en el Club de Ejecutivos de Carvajal, en pleno centro de la capital vallecaucana. Serían 15 cuadros de mediano y gran formato los que irían para la exposición, todos ya en taller para el proceso de marquetería. Incluía el proyecto la impresión de un bello catálogo con las obras a exponerse, autografiadas cada una por el pintor de corta talla y nombre de importancia renacentista.
-¿Y…dónde entro yo? –Pregunté, ajeno a que de este hecho (conocer al pintor) se iba a derivar la producción del poema que hoy, 22 años después y a 500 kilómetros de distancia, me ocupa en relatar su historia.
-Luego de la exposición haremos un libro sobre Benito. Su biografía. Ahí, mirá René, entrás vos. ¿Oís?
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