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Por René González-Medina | Corresponsal de Colombia

LA HISTORIA DE ENSUEÑO

Crónica de un poema de amor que rinde culto al amor donde no hubo amor (II)

La exposición, a la cual como es lógico suponer asistí, resultó mejor de lo que el impresor y el pintor pensaron: no llevaba una hora de haberse abierto y no quedaba ya un solo cuadro por vender. A todos se les había puesto, aun lado y con mayúsculas, el cartelito de “Vendido”.

Las pinturas abordaban temas de calles, balcones, cúpulas de templos, personajes anónimos cotidianos, de Cartagena de Indias. Completaba la serie expuesta unos cuatro o cinco cuadros de desnudos femeninos, trabajos que a mí –admirador profundo del arte figurativo- me asombraron.
Por la perfección descomunal de la técnica empleada, por el conocimiento y el manejo de las luces y las sombras, por la proporción inequívoca al dibujar los cuerpos y los rostros de las mujeres –bellas, de ensueño todas- que el pequeño-gran peruano Benito Cerna León, se había dado el placer de retratar.
La tentación impresa, ocasión para el ladrón
Al día siguiente estábamos de nuevo en Villa Guanabacoa, pero esta vez Ernesto nos dejó solos. Para que comenzáramos a planificar el trabajo de la biografía, para que coordináramos nuestros tiempos, lo referente a mi alojamiento y alimentación cuando estuviera en Ríonegro, ciudad de Antioquia donde residía el peruano. Sentados a la mesa donde igual que el primer día que yo había ido el desorden se mantenía intacto (reguero de fotos, de bocetos, de revistas, de pinceles, de botes de óleos, diapositivas) y mientras fraguábamos nuestro plan de trabajo, de entre las fotografías dispersas una captó mi atención. La tomé. Era la misma modelo del par de cuadros con los desnudos que en la noche de la exposición yo, absorto y mudo, había contemplado hasta memorizarla.
-René –me habló Benito, algo molesto por mi distracción- suelta esa foto y prosigamos. Y no te preocupes por esa chica que cuando vayas a mi taller en Río Negro, te la presentaré.
-¿Tú la conoces? –Le pregunté sintiendo que me iba de espaldas.
-Claro: ella es una de las mujeres que modelan para mí. Es médica. Lo hace no por el pago sino porque valora el profesionalismo de mi trabajo.
Continuamos madurando el plan. Continué, de reojo y de vez en cuando, espiando a la médica tendida allí, boca arriba en esa postal (a ratos creí sentir que ella, desde la lámina de 16 cms. de alto por 9 cms. de ancho, también me miraba).
Sin importarme el disgusto del maestro peruano esa vez, al salir de la casa- finca de Ernesto Fernández, me las ingenié para robarme la foto. No obstante las precauciones que tomé para hacerlo Benito me sorprendió. Conseguí apaciguarlo dándole uno y mil argumentos, apelé –al ser poeta, ilustrador y caricaturista- a mi condición de artista del lápiz y el papel; fatídico sino que me condenaba –como a él- a vivir esclavo de la belleza en cualquiera de sus formas y manifestaciones pues entendía que esta, en sus calidades de Orden, Simetría y Claridad, obviamente resaltaban en la médica. Que solamente estetas como él, como Ernesto, como yo, estábamos en la capacidad de percibir cuándo algo bello no lo era por accidente o circunstancia; que los tres teníamos el don, la intuición, para ver lo que para muchos no era evidente; que si los astros, en clara confabulación nos habían reunido, era porque estábamos destinados –los tres, en equipo- para causas mayores, supremas. Que yo solamente había cogido una foto, que él –de la médica- tenía cientos, además del afortunado privilegio de verla como dios la echó a este mundo y tenerla ahí, por horas o por días, frente a él para su deleite artístico y humano. Que no fuera mezquino, le dije por último, antes de salir con la médica de Ríonegro raptada en el bolsillo de mi camisa.
Inspirado desahogo
Y, sí: a esa doctora antioqueña, desconocida absoluta para mí pero de trascendental belleza, le conté y le canté mis luchas internas. A la mujer en la foto y a la de los dos cuadros que también había sustraído conmigo pero en mi memoria fotográfica, le hablé de mis venturas y desventuras, en el amor y en la vida. Le hablé de mi soledad, esa compañera que así como a ratos nos resultaba grata así también, por ratos, nos era abominable. Mirándola a los ojos a la médica le solté mis confidencias, mi necesidad de ese alguien especial, de mi ir y venir –rueda suelta- sin jamás hallarla. Por su condición de desconocida no me guardé nada. Fui, para ella –por ella- infidente con mis intimidades, con los secretos que hasta ese momento habían hecho tránsito solo conmigo. La dejé entrar a lo más cerrado de mis espacios. Para la médica, la modelo favorita de Benito Cerna León, fui libro abierto.
-“Tómame tú –clamé a la foto- virgen desnuda, brisa de altamar que restañará mis heridas”…
Colofón

El proyecto del libro biográfico nunca se llevó a cabo. Al pintor peruano no lo volví a ver (quizás ahora que retraigo el episodio lo busque y lo encuentre por internet). Feriva Impresores, al irse a la quiebra, cerró luego de más de 30 años de hacer historia. Ernesto Fernández, supe por otro impresor que se formó y aprendió los trucos del oficio a su lado, dejó Villa Guanabacoa y está alejado del “mundanal ruido” disfrutando -gracias a la pensión por los años de trabajo cotizados- el descanso que merece. De la modelo de Ríonegro, la médica, no se me ocurrió –mientras tuve la oportunidad- averiguarle a Benito por su nombre.
No hay sociedad sin poetas. A pesar de que el acto de crear se realiza en solitario, los poetas no viven en una burbuja. Tampoco son ermitaños encerrados en torres de marfil, sino creadores de universos que comparten con los demás. Con sus poemas escritos o cantados, los poetas desempeñan un papel educativo de primer plano”. Tanella Boni

ENSUEÑO

He visto a la mujer…
Retrato de Virgen en su verdad desnuda
a la espera del tacto sabio que arderá
su pudor en llamas. Alma que esplende

lo íntimo de sus carnes ante el duende que,
poseso, la inmortaliza. He creído ver erizarse
(como hierba alta en tiempo de verano)
la más dura de sus rosas. He capitulado
ante su belleza en pie cuando, rendido,
le he dicho:
“Tómame hoy que vengo de mil batallas
con los trofeos de mis heridas abiertas;
hoy que el mundo se cae a pedazos y que regreso
-no sé cómo- de la boca misma del odio,
toma mi corazón y mi amor inexplicablemente salvos.
“Hoy que la melodía de una balada sin amo
acompasa mi pena, tómame.
Acógeme Ninfa de mis ríos
y úngeme con tus mieles de fresas y de moras.
Hoy que en el campo
teñido de fratricidas he tirado mis armaduras
recíbeme así, sucio de mundo. Y mírame
con la piedad de esos ojos tuyos para, mustio,
sobrevivir a la expiación de mis días y mis noches.
“Ahora que mi extravío voltea su agonía
de paria suelto, tómame ¡Oh, Virgen terrena!


y acuna esta identidad mía que se muere
por desprender lo infame de sus cicatrices.
“Hoy cuando aborrezco el cuchillo de la venganza
y el sentimiento de la autocompasión
me es ajeno, ven por favor,
asoma en mi cara el aura de tu inocencia
para que el áspid que me muerde
repte camino de su destierro.


“Ahora que demente corro
tras el cuerpo salvador hecho hostia
libérame y tómame…Tómame tú, Virgen desnuda,
brisa de altamar que restañará mis heridas
y pon en mi sed el cántaro de tus labios llenos
para untado de sueños y esperanzas
abandonar mi duelo de pecador venido en sangre…”.
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